La Profana Apertura

Fue extraño lo que sintió cuando la vio por primera vez. Alta y majestuosa, pálido el suave brillo que emanaba de ella. Parecía como si el tiempo hubiese marcado cada triste segundo de la existencia humana en su superficie, pero sin realmente llegar a ella. Sin dañarla. Nada ni nadie tenía semejante poder. “La entrada de los sueños verdaderos”, como la llamaban las tribus indias del sur: “La puerta de marfil”. Solo la había visto antes en confusos sueños embriagados de fiebre. Pero ahora era distinto. Las manos que la tocaban eran suyas, temblorosas y débiles, pero suyas. Acariciaban ya sin temor la fría superficie. No había picaporte. No lo necesitaba. Sabía ya las mágicas palabras para entrar. No sabia que pasaría una vez que la puerta se abriera. Tal vez seria el fin de todo. Pero, ¿como disuadir a un loco?

Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.




martes, 2 de marzo de 2010

El Matadero

Hacia ya varios años que la rutina diaria de su vida lo había convertido en una sombra más, otra de las tantas manchas grises que pueblan las grandes ciudades. Su existencia se encontraba encadenada a ciertos elementos constantes que se sucedían sin un sentido aparente; un rutinario y aburrido trabajo, la triste certeza de no tener a nadie esperándolo al volver , tardes infinitas observando el día perderse tras las ventanas, y por sobre todas las cosas, los terribles viajes en colectivo. Quien alguna vez se haya encontrado en el laberinto sinsentido que es este tipo de vida, comprenderá fácilmente a que me refiero. A ese sentir que la vida se pierde, segundo a segundo, cuadra a cuadra, encerrado en la peor de las prisiones. A esa tortura andante y compartida.
Esa tarde el sol se encontraba particularmente cruel. Podía sentir la sangre dentro de su cuerpo corriendo salvajemente, latiéndole en la cabeza, luchando por mantenerlo con vida en ese infierno. No necesitaba mirar su reloj para saber que era tarde. Siempre lo era. La parada de la línea 66 desbordaba de gente. Rostros sin vida, ojos de perro muerto. Sudor y deseos rotos. Todo el esfuerzo puesto en simplemente seguir. Una hora más, un día más. Semana a semana. Mes a mes. Y la vida que se perdía en la nada. Si tan solo todos se dieran cuenta. Todos al mismo tiempo, pensó, una epifanía colectiva. Un despertar en masa. Pero los locos son pocos, perdidos entre la gente, disfrazados de vagabundos, o encerrados en algún instituto mental. Una leve sonrisa se dibujo deforme en su rostro cuando el viejo armatoste de metal doblo en la esquina. La maquina dejo escapar un quejido metálico cuando se detuvo frente a la fila de gente, dispuesto a engullirlo a el también. A través de los sucios vidrios pudo ver que el colectivo se encontraba mas lleno que de costumbre, vacas escapando del matadero. La fila avanzaba lentamente, mientras el sonido de las monedas marcaba, con tono sombrío y triunfal, el ingreso de una nueva alma al purgatorio. Parecía imposible que entrase tanta gente en un espacio tan reducido, pero la fila avanzaba sin detenerse. Por un momento se sintió como uno de esos pintorescos payasos de circo, que sin explicación aparente, salen de a montones de un pequeño auto.
Lo primero que sintió al entrar al colectivo, fue el intenso y sofocante calor. El aire se convirtió en vapor dentro de sus pulmones, alquitrán puro bajándole por la garganta. Por un momento pensó que se desmayaría, y la idea lo aterrorizo. Costaba respirar, la piel ardía, los oídos zumbaban, la mente deliraba cansada y enfebrecida. Sin que el se lo indicase, y sin mirarlo siquiera, el colectivero golpeo una vieja maquina y el valor del viaje se vio reflejado frente a sus ojos. Algo mareado introduje las monedas, y tras tomar el boleto, comencé a avanzar entre los cuerpos inertes. Su objetivo era el de siempre, llegar hasta el fondo y quedarse allí, donde el incesante movimiento de gente no ara tan molesto. Descarto de inmediato la posibilidad de sentarse. Ni siquiera le era posible ver los asientos. Estaba rodeado de espaldas y cuellos mojados, paredes de carne apretada. Lo sorprendió el silencio que reinaba en el aire, solo el incesante ruido del viejo motor llegaba hasta el. Ni una charla, ni un quejido. Avanzar le resultaba casi imposible, y se vio obligado a empujar los cuerpos que le impedían seguir. Pero por mucho que luchara, sentía que el fondo del monstruo era inalcanzable. Levanto la cabeza para intentar ver cuanto le faltaba, pero una extraña oscuridad lo sorprendió. Un frío helado le recorrió la espalda. Se sintió solo. Solo en un océano de gente. Miro hacia atrás y vio que regresar le seria imposible. Sentía como poco a poco los cuerpos a su alrededor se iban apretando, comprimiendo mas y mas. Grandes gotas de sudor le corrían por la cara, y comenzaban a nublarle la vista. Quiso limpiarse con su mano derecha, pero le fue imposible moverla. Busco desesperadamente la forma de liberarla, de hacerla suya otra vez, pero fue imposible. El ritmo de su corazón se acelero, y quiso gritar. Busco la puerta, pero una maraña de pelo desconocida ya se le pegaba a la frente. Sintió la respiración entrecortada de un desconocido sobre su oído izquierdo, y se dio cuenta que ya no podía mover las piernas. Desde muy lejos le llegaba el sonido inconfundible de las monedas siendo devoradas por la maquina. La gente seguía subiendo y el espacio se hacia cada vez mas reducido a su alrededor. De pronto sintió un dolor agudo en la mano derecha, como una mordida, y esta vez no pudo contener el grito. Comenzó a forcejear salvajemente, aullando como una animal herido. Nadie parecía siquiera escucharlo, y solo sentía como las espaldas y cuerpos sin rostro se cerraban sobre el. Fue al sentir como el hueso de su pierna se quebraba que perdió el conocimiento.
Cuando esa noche el colectivo termino su recorrido en la Terminal, a las 23:42 horas, nadie reparo en el cuerpo sin vida tirado en el piso.

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Un alma mas, perdida en un laberinto de cables y gente. Alguien sabe donde esta la salida?