La Profana Apertura

Fue extraño lo que sintió cuando la vio por primera vez. Alta y majestuosa, pálido el suave brillo que emanaba de ella. Parecía como si el tiempo hubiese marcado cada triste segundo de la existencia humana en su superficie, pero sin realmente llegar a ella. Sin dañarla. Nada ni nadie tenía semejante poder. “La entrada de los sueños verdaderos”, como la llamaban las tribus indias del sur: “La puerta de marfil”. Solo la había visto antes en confusos sueños embriagados de fiebre. Pero ahora era distinto. Las manos que la tocaban eran suyas, temblorosas y débiles, pero suyas. Acariciaban ya sin temor la fría superficie. No había picaporte. No lo necesitaba. Sabía ya las mágicas palabras para entrar. No sabia que pasaría una vez que la puerta se abriera. Tal vez seria el fin de todo. Pero, ¿como disuadir a un loco?

Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.




sábado, 19 de diciembre de 2009

Eterno Despertar

El sillón era lo suficientemente cómodo como para invitarlo al sueño. Sentía la suave brisa, el leve aroma del jazmín del patio, filtrándose por la ventana a medio abrir. La noche había llegado de prisa, sorprendiéndolo en medio del trabajo. El tiempo era siempre extraño para él, nunca había llegado a comprenderlo. Un minuto podía extenderse en una eterna angustia o placer, mientras que las largas y tediosas horas frente a la hoja en blanco pasaban a veces tan deprisa, tan sin nada, que sentía un vértigo, un vació profundo que lo deprimía. Pero ahora, allí sentado y lejos de todo, lejos de la horribles teclas que nada le decían, se sentía en paz. La dulce sensación de ir perdiéndose en el sueño le dibujaba una sonrisa de placer. Tal vez por eso al principio pensó que el grito lo había soñado.
La segunda vez que lo escucho supo que provenía desde dentro de la casa.
Un grito seco, casi animal. Se movió incomodo en el sillón, con la vista fija en la estrecha escalera de madera. El grito había surgido en la planta alta, donde solo había un pequeño y sucio cuarto que usaba de habitación. Se quedo en silencio, las pupilas dilatadas por la oscuridad, los músculos tensos, el corazón golpeándole el alma aterrada. Intento buscar una explicación, una razón lógica que lo calmara. Pero un hombre solo en una vieja casa, un triste y perdido hombre que lleva una triste y vacía vida, no tiene a nadie esperándolo en el cuarto de arriba. Nadie que grite al despertar de una pesadilla, o al ver una araña, nadie que pida por su ayuda y su cuidado.
Es entonces cuando un grito que surge del piso de arriba, se convierte en una pesadilla.
Se concentro para intentar escuchar el más mínimo sonido, al tiempo que calculaba, sin darse cuenta, cuanto le llevaría agarrar las llaves de encima de la repisa y huir de la casa. Pero mas allá del suave crujir de la madera húmeda, del canto lúgubre de los grillos, y del incesante tic-tac del reloj de la pared, estaba solo en un mundo silencioso y muerto. Tal vez si lo había soñado después de todo. Tal vez el mismo fuese un sueño, un extraño y confuso sueño, y algún día despertaría y ella todavía estaría ahí, a su lado en la cama. Su cuerpo se relajo, pero su alma ahora le ardía, herida por la cercanía del recuerdo. De golpe se sintió muy cansado, y el sillón se le antojo incomodo. Se levanto y sintió que todo alrededor giraba fuera de su eje. Tuvo que apoyarse en una pared para no caerse. Un amargo dejo a whisky barato le inundo la garganta. No recordaba haber tomado. Hacia meses que no se acercaba a una botella, no desde lo de esa noche. Pero no había dudas, estaba borracho. No pudo contener una risotada, salvaje y obscena. Toda la situación era tan absurda, tan terriblemente incoherente y dolorosa, que una persona cuerda solo podía reír.
Pasaron unos minutos antes de que pudiera volver a pararse derecho. Con dificultad subió los empinados escalones, hasta el piso de arriba, donde todavía creía escuchar en su mente cansada, el eco de un grito mudo. Pero a medida que se acercaba a su habitación, la extraña pesadilla volvió a tomar forma. Efectivamente podía oír un sollozo detrás de la puerta entreabierta de la habitación. La mano temblorosa empujo la madera gastada, que se movió en silencio. La oscuridad devoraba cada rincón del cuarto sin ventanas, convirtiendo todo el espacio en una masa uniforme y amenazante. Pero a pesar de no poder ver, ya sabia perfectamente en el fondo de su alma quien estaba allí, sentado sobre la sucia cama, con la cabeza entre sus manos, la botella vacía a sus pies, y las lagrimas que corrían porque ella ya no estaba. No comprendía, ¿cómo hacerlo?, como poder explicar que el otro, el ajeno, el que estaba más allá de uno, fuese al final uno mismo. Pensó que si daba la vuelta, si baja nuevamente las escaleras, se vería durmiendo en el sillón, soñándose a si mismo en esa absurda situación. Pero supo que su destino no era ese, que volver solo dejaría el vació, el tremendo dolor de saber que ella no volvería. Se acerco entonces, hacia el lugar donde su otro yo descargaba el tormento de su existencia. Sintió pena y compasión hacia ese ser despreciable, acaso su dolor y sufrimiento eran el mismo. El otro no se había percatado de su presencia, o lo que era mas probable, ya sabia que el estaba ahí y esperaba el desenlace de la patética escena. Tampoco el se sorprendió al ver la pálida y filosa hoja del cuchillo, esperándolo al borde de la cama. La tomo con seguridad, ya sin miedo. Sintió la pegajosa textura de la sangre todavía tibia en el mango. No se reconoció en medio de la penumbra, pero si el grito animal que soltó su otro yo al hundirle el filo en medio del estomago. Era ese mismo grito que segundos después lo despertaría, allí lejos, en el sillón de abajo.

martes, 25 de agosto de 2009

El Desierto


La verdad se escondia entre sus labios,
Dentro de esa carne arenosa y mortal
El desierto lo sumio en la locura
Pero le revelo su trsite verdad
"No hay consuelo ni destino oculto
Solo arena, muerte y sal "











viernes, 21 de agosto de 2009

"La mediocridad para algunos es normal
la locura es poder ver mas alla"

Sui Generis

martes, 18 de agosto de 2009

El Salto

Sabía que todo era mentira. Lo sabía. O aunque sea lo sospechaba. Lo sentía en cada triste gesto, en cada muerta mirada. En todos los infinitos días iguales en la oficina, en el subte, en la calle. Los veía y ya no podía evitar sentir asco. Y odio. Un terrible y casi incontrolable odio hacia cada uno de ellos. Porque ellos elegían seguir jugando a que todo esto era verdad. Y el, tristemente, ya sabia que era mentira.
No sabía bien como ni cuando la idea nació en su mente. Solo podía sentirla ahí, clavada en su cerebro, ardiendo con la misma intensidad que el molesto sol de la tarde. Las gotas de sudor le corrían por la espalda, mientras el teléfono le taladraba el alma ya desgarrada. Y todo eso alimentaba a esa idea. La hacia crecer de a poco, hasta que no podía pensar en otra cosa. Tal vez un día de estos.
Le sorprendió un poco lo fácil que le resulto todo. No es que tuviera miedo. El miedo es para los que tienen algo que perder, para los que todavía sueñan. Pero esperaba cierta resistencia, un poco de lucha por parte del instinto innato del hombre por sobrevivir. Sin embargo sus piernas le respondían sin luchar, subiendo los escalones de a uno por vez, a ritmo lento pero decidido. Mientras el mundo iba quedando atrás, pensó en las cosas que dejaba allá abajo. No pudo encontrar nada por que quedarse. Si tan solo alguien lo amara. O si tan solo el pudiese amar a alguien. Pero los animales enjaulados solo pueden amar una cosa. La libertad. Y hacia ella es que subía. Un piso, luego otro y otro. Cada paso era una carrera frenética hacia la salida del laberinto, hacia los títulos finales de una aburrida y tediosa película. El fin seria solo el comienzo. Debía ser así.
El viento soplaba fuerte en la terraza. El cielo gris y cansado se despedía por ultima vez de el. La fría paz de la noche lo empezaba a envolver todo y agradeció que hubiese nubes en el cielo. Seria una linda imagen final. Tal vez la verdadera realidad seria así, majestuosa y libre como las nubes. Se quedo un rato ahí parado, sintiendo el aire entre sus dedos, su pelo jugando a taparle los ojos que todavía querían ver un poco más. Finalmente sintió eso que esperaba. Esa fuerza que lo impulsaba a dar media vuelta, bajar los escalones y regresar a la sala, a su incomoda butaca, a seguir aguantando la incoherente trama. Sintió que no le quedaba mucho tiempo, que debía decidir ahora. Levanto la vista al cielo, donde una solitaria estrella brillaba pálidamente.
“Tu también eres una mentira” – susurro. Lo dijo con la convicción de un astrónomo, que sabe que a millones de años luz de distancia, lo que vemos en el cielo es solo una imagen fantasmagórica de un pasado incierto.
Entonces cerró los ojos y, con una mueca de alivio, camino hacia el borde.