El sillón era lo suficientemente cómodo como para invitarlo al sueño. Sentía la suave brisa, el leve aroma del jazmín del patio, filtrándose por la ventana a medio abrir. La noche había llegado de prisa, sorprendiéndolo en medio del trabajo. El tiempo era siempre extraño para él, nunca había llegado a comprenderlo. Un minuto podía extenderse en una eterna angustia o placer, mientras que las largas y tediosas horas frente a la hoja en blanco pasaban a veces tan deprisa, tan sin nada, que sentía un vértigo, un vació profundo que lo deprimía. Pero ahora, allí sentado y lejos de todo, lejos de la horribles teclas que nada le decían, se sentía en paz. La dulce sensación de ir perdiéndose en el sueño le dibujaba una sonrisa de placer. Tal vez por eso al principio pensó que el grito lo había soñado.
La segunda vez que lo escucho supo que provenía desde dentro de la casa.
Un grito seco, casi animal. Se movió incomodo en el sillón, con la vista fija en la estrecha escalera de madera. El grito había surgido en la planta alta, donde solo había un pequeño y sucio cuarto que usaba de habitación. Se quedo en silencio, las pupilas dilatadas por la oscuridad, los músculos tensos, el corazón golpeándole el alma aterrada. Intento buscar una explicación, una razón lógica que lo calmara. Pero un hombre solo en una vieja casa, un triste y perdido hombre que lleva una triste y vacía vida, no tiene a nadie esperándolo en el cuarto de arriba. Nadie que grite al despertar de una pesadilla, o al ver una araña, nadie que pida por su ayuda y su cuidado.
Es entonces cuando un grito que surge del piso de arriba, se convierte en una pesadilla.
Se concentro para intentar escuchar el más mínimo sonido, al tiempo que calculaba, sin darse cuenta, cuanto le llevaría agarrar las llaves de encima de la repisa y huir de la casa. Pero mas allá del suave crujir de la madera húmeda, del canto lúgubre de los grillos, y del incesante tic-tac del reloj de la pared, estaba solo en un mundo silencioso y muerto. Tal vez si lo había soñado después de todo. Tal vez el mismo fuese un sueño, un extraño y confuso sueño, y algún día despertaría y ella todavía estaría ahí, a su lado en la cama. Su cuerpo se relajo, pero su alma ahora le ardía, herida por la cercanía del recuerdo. De golpe se sintió muy cansado, y el sillón se le antojo incomodo. Se levanto y sintió que todo alrededor giraba fuera de su eje. Tuvo que apoyarse en una pared para no caerse. Un amargo dejo a whisky barato le inundo la garganta. No recordaba haber tomado. Hacia meses que no se acercaba a una botella, no desde lo de esa noche. Pero no había dudas, estaba borracho. No pudo contener una risotada, salvaje y obscena. Toda la situación era tan absurda, tan terriblemente incoherente y dolorosa, que una persona cuerda solo podía reír.
Pasaron unos minutos antes de que pudiera volver a pararse derecho. Con dificultad subió los empinados escalones, hasta el piso de arriba, donde todavía creía escuchar en su mente cansada, el eco de un grito mudo. Pero a medida que se acercaba a su habitación, la extraña pesadilla volvió a tomar forma. Efectivamente podía oír un sollozo detrás de la puerta entreabierta de la habitación. La mano temblorosa empujo la madera gastada, que se movió en silencio. La oscuridad devoraba cada rincón del cuarto sin ventanas, convirtiendo todo el espacio en una masa uniforme y amenazante. Pero a pesar de no poder ver, ya sabia perfectamente en el fondo de su alma quien estaba allí, sentado sobre la sucia cama, con la cabeza entre sus manos, la botella vacía a sus pies, y las lagrimas que corrían porque ella ya no estaba. No comprendía, ¿cómo hacerlo?, como poder explicar que el otro, el ajeno, el que estaba más allá de uno, fuese al final uno mismo. Pensó que si daba la vuelta, si baja nuevamente las escaleras, se vería durmiendo en el sillón, soñándose a si mismo en esa absurda situación. Pero supo que su destino no era ese, que volver solo dejaría el vació, el tremendo dolor de saber que ella no volvería. Se acerco entonces, hacia el lugar donde su otro yo descargaba el tormento de su existencia. Sintió pena y compasión hacia ese ser despreciable, acaso su dolor y sufrimiento eran el mismo. El otro no se había percatado de su presencia, o lo que era mas probable, ya sabia que el estaba ahí y esperaba el desenlace de la patética escena. Tampoco el se sorprendió al ver la pálida y filosa hoja del cuchillo, esperándolo al borde de la cama. La tomo con seguridad, ya sin miedo. Sintió la pegajosa textura de la sangre todavía tibia en el mango. No se reconoció en medio de la penumbra, pero si el grito animal que soltó su otro yo al hundirle el filo en medio del estomago. Era ese mismo grito que segundos después lo despertaría, allí lejos, en el sillón de abajo.

