Sabía que todo era mentira. Lo sabía. O aunque sea lo sospechaba. Lo sentía en cada triste gesto, en cada muerta mirada. En todos los infinitos días iguales en la oficina, en el subte, en la calle. Los veía y ya no podía evitar sentir asco. Y odio. Un terrible y casi incontrolable odio hacia cada uno de ellos. Porque ellos elegían seguir jugando a que todo esto era verdad. Y el, tristemente, ya sabia que era mentira.
No sabía bien como ni cuando la idea nació en su mente. Solo podía sentirla ahí, clavada en su cerebro, ardiendo con la misma intensidad que el molesto sol de la tarde. Las gotas de sudor le corrían por la espalda, mientras el teléfono le taladraba el alma ya desgarrada. Y todo eso alimentaba a esa idea. La hacia crecer de a poco, hasta que no podía pensar en otra cosa. Tal vez un día de estos.
Le sorprendió un poco lo fácil que le resulto todo. No es que tuviera miedo. El miedo es para los que tienen algo que perder, para los que todavía sueñan. Pero esperaba cierta resistencia, un poco de lucha por parte del instinto innato del hombre por sobrevivir. Sin embargo sus piernas le respondían sin luchar, subiendo los escalones de a uno por vez, a ritmo lento pero decidido. Mientras el mundo iba quedando atrás, pensó en las cosas que dejaba allá abajo. No pudo encontrar nada por que quedarse. Si tan solo alguien lo amara. O si tan solo el pudiese amar a alguien. Pero los animales enjaulados solo pueden amar una cosa. La libertad. Y hacia ella es que subía. Un piso, luego otro y otro. Cada paso era una carrera frenética hacia la salida del laberinto, hacia los títulos finales de una aburrida y tediosa película. El fin seria solo el comienzo. Debía ser así.
El viento soplaba fuerte en la terraza. El cielo gris y cansado se despedía por ultima vez de el. La fría paz de la noche lo empezaba a envolver todo y agradeció que hubiese nubes en el cielo. Seria una linda imagen final. Tal vez la verdadera realidad seria así, majestuosa y libre como las nubes. Se quedo un rato ahí parado, sintiendo el aire entre sus dedos, su pelo jugando a taparle los ojos que todavía querían ver un poco más. Finalmente sintió eso que esperaba. Esa fuerza que lo impulsaba a dar media vuelta, bajar los escalones y regresar a la sala, a su incomoda butaca, a seguir aguantando la incoherente trama. Sintió que no le quedaba mucho tiempo, que debía decidir ahora. Levanto la vista al cielo, donde una solitaria estrella brillaba pálidamente.
“Tu también eres una mentira” – susurro. Lo dijo con la convicción de un astrónomo, que sabe que a millones de años luz de distancia, lo que vemos en el cielo es solo una imagen fantasmagórica de un pasado incierto.
Entonces cerró los ojos y, con una mueca de alivio, camino hacia el borde.
La Profana Apertura
Fue extraño lo que sintió cuando la vio por primera vez. Alta y majestuosa, pálido el suave brillo que emanaba de ella. Parecía como si el tiempo hubiese marcado cada triste segundo de la existencia humana en su superficie, pero sin realmente llegar a ella. Sin dañarla. Nada ni nadie tenía semejante poder. “La entrada de los sueños verdaderos”, como la llamaban las tribus indias del sur: “La puerta de marfil”. Solo la había visto antes en confusos sueños embriagados de fiebre. Pero ahora era distinto. Las manos que la tocaban eran suyas, temblorosas y débiles, pero suyas. Acariciaban ya sin temor la fría superficie. No había picaporte. No lo necesitaba. Sabía ya las mágicas palabras para entrar. No sabia que pasaría una vez que la puerta se abriera. Tal vez seria el fin de todo. Pero, ¿como disuadir a un loco?
Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.
Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.
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