Me recosté contra la pared,
sintiendo una punzada de dolor que me recorrió todo el cuerpo. Ella tomo un
cigarrillo entre sus finos dedos y lo depósito suavemente en mis labios. Con un
rápido y elegante movimiento saco un encendedor bañado en oro de su bolso y lo
encendió. Luego cruzo la habitación con dos grandes pasos de sus largas piernas
y se sentó frente a mí en un viejo y sucio sillón de cuero. La mire fijamente,
tratando de entender, queriendo ver mas allá de ese angelical rostro que ahora
me miraba con seriedad. Hasta casi creí distinguir un rastro de tristeza en sus
ojos, lo cual, irónicamente, me dolió mas que la bala que estaba descansando en
mi pecho.
Aspire fuertemente el cigarrillo
y deje escapar el humo lentamente de entre mis labios, mientras la sangre
comenzaba a formar un húmedo y tibio charco a mi lado. Deje pasar unos minutos,
mientras el cigarrillo se iba consumiendo en mis labios, y el cálido abrazo de
la muerte comenzaba a invadir mi cuerpo. Finalmente ella se paro y hablo:
-
Esto no tenía que terminar así, fuiste un
idiota. Te dije que no volvieras.
Oculto su rostro cuando las
primeras lágrimas comenzaban a correrle por la piel. Sabia en mi interior que
estaba fingiendo, que yo le importaba una mierda, pero en ese momento solo pensé
en abrazarla y besarla. Ese era el problema con las mujeres hermosas. Nos volvían
locos, nos convertían en malditos imbéciles.
A lo lejos, en la distancia,
sonaron las primeras sirenas de la policía. Ella no se inmuto. Se seco las lágrimas
y se quedo mirando fijo al horizonte de edificios que se veía tras el ventanal
de mi oficina. La mire a los ojos, esos hermosos ojos que reflejaban la fría noche
y ocultaban un océano de dolor y sufrimiento. Las sirenas estaban cada vez más
cerca. Quise decir algo cuando la vi llevarse el arma a la sien, pero no supe qué.
Cuando 5 minutos después la policía
irrumpió en el piso, ella yacía muerta en el piso, y los ojos que lloraban eran
los míos.
