La Profana Apertura

Fue extraño lo que sintió cuando la vio por primera vez. Alta y majestuosa, pálido el suave brillo que emanaba de ella. Parecía como si el tiempo hubiese marcado cada triste segundo de la existencia humana en su superficie, pero sin realmente llegar a ella. Sin dañarla. Nada ni nadie tenía semejante poder. “La entrada de los sueños verdaderos”, como la llamaban las tribus indias del sur: “La puerta de marfil”. Solo la había visto antes en confusos sueños embriagados de fiebre. Pero ahora era distinto. Las manos que la tocaban eran suyas, temblorosas y débiles, pero suyas. Acariciaban ya sin temor la fría superficie. No había picaporte. No lo necesitaba. Sabía ya las mágicas palabras para entrar. No sabia que pasaría una vez que la puerta se abriera. Tal vez seria el fin de todo. Pero, ¿como disuadir a un loco?

Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.




viernes, 8 de enero de 2010

La Ofrenda

En el ya lejano y olvidado imperio de Iscar, en medio del cruel desierto oriental, vivió hace siglos un rey. Quedan perdidos en viejas bibliotecas registros de su largo reinado, y son pocos los que saben que pese a su severa autoridad, era considerado por sus súbditos como un rey bondadoso y justo. Viudo desde el nacimiento de su hija, era esta su más querido y preciado tesoro. La llamo Aqueen, en honor a su madre, y su belleza era tal, que no existía hombre que pudiera olvidarla una vez que sus ojos se hubieran encontrado.
De todos los reinos e imperios, cercanos o lejanos, venían príncipes y caballeros, viajando miles de leguas para presentarse ante el trono del gran rey, y pedir la mano de su hija en matrimonio. Traían consigo grandes y costosos regalos, promesas de inmensas fortunas y de poderosas alianzas. Pero al sabio rey solo le interesaba la felicidad de su hija, y rechazaba uno tras otro a los engreídos pretendientes. Nadie compraría jamás el amor de su hija con oro y regalos.
Un nublado día llego al imperio un joven y desconocido príncipe. Provenía de un pequeño y pobre reino, muy lejano y olvidado ya por el resto del mundo. Había escuchado hablar sobre la bella Aqueen, y desesperado en la búsqueda del verdadero amor, había viajado incansablemente para verla. Se presento ante el rey, y pidió humildemente conocer a su hija. Al encontrarse, los dos jóvenes se enamoraron profundamente. Aqueen vio por vez primera amor verdadero en los ojos de su pretendiente. Pero el rey, se interpuso ante el príncipe, y le hablo de esta forma.

- He aquí que veo por vez primera amor en los ojos de mi hija. Pero tú, joven príncipe, vienes de un reino muy pobre y lejano, y no traes contigo presente u ofrenda alguna.

El joven bajo la cabeza, un poco avergonzado y triste. El rey se le acerco y le hablo nuevamente, mirándolo a los ojos.

- Pero no todo esta perdido, y soy un rey con corazón. Te daré una oportunidad, para probar que eres digno de ser el esposo de mi hija, el padre de mis nietos, y el sucesor de este trono. Te daré un año, para que te presentes nuevamente ante mi, con lo que tu consideres la ofrenda mas importante y maravillosa de todas. Si lo haces, el corazón de mi hija ya será libre de amarte a su antojo.

Entre lágrimas y promesas, se despidieron los dos enamorados. El príncipe le juro que en un año, volverían a encontrarse.
Y así comenzó para el joven una ardua y dura tarea. Vendió todo lo que poseía, lo convirtió en oro y joyas. Recorrió el mundo en busca de los tesoros y objetos más hermosos y preciados, y de una manera u otra, se hizo con ellos. No pocas veces hubo de derramar sangre, la suya y la de otros. Y al cabo de un año volvió ante el trono del rey, cargando consigo una caravana de tesoros y maravillas. La gente se reunió para presenciar el encuentro, maravillada por la magnificencia de lo que veían. El príncipe, vestido exquisitamente, se acerco al rey y arrodillado hablo.

- Estoy de vuelta, como prometí. Me diste un año para demostrar que soy digno del amor de vuestra hija, un año para volver con la ofrenda más importante y maravillosa de todas. Aquí te ofrezco los tesoros y maravillas más increíbles del planeta. No hay nada que hombre alguno pueda soñar, que no este aquí. Todo esto te ofrezco gran rey, para que veas que soy digno.

El príncipe quedo en silencio, arrodillado ante el rey, a la espera. El rey, tras un prolongado silencio, se acerco al joven y lo hizo levantarse. Luego le dijo con tristeza.

- Nada de esto es lo que quería. Nada de esto demuestra nada. Todo este oro, todas estas joyas y regalos, son insignificantes para mí.

El príncipe lo miro atónito, sin comprender. Miro a Aqueen quien lloraba desconsolada en un rincón. El rey le dijo mientras le daba la espalda y se alejaba.

- Lo único importante, lo único valioso, la ofrenda que esperaba con ansias no esta entre tus regalos. El amor no se compra ni brilla como el oro, pero es mil veces más valioso. Solo eso te pedía, y has sido tan arrogante y pretensioso que no lo has visto. Has fallado.

Raices

El joven Jacaranda había pasado un rudo invierno. Era aun un niño, y era la primera vez que sentía el punzante dolor del frió. Los más grandes parecían soportarlo con más calma y dignidad, esa fuerza que da la costumbre y el conocimiento. Incluso desnudos tras haber perdido sus bellas hojas en el otoño, no se quejaban, y orgullosos se abatían y peleaban con el helado viento del este. Pero estaba pronta ya la primavera, y sueños de un despertar violeta latían en el pequeño corazón del Jacaranda. Seria su primera primavera, su primer florecer. Las ansias y los nervios le impedían dormir. Pasaba las noches soñando despierto con ese dulce color y el aroma que prometían los más grandes. No era aparte, poco el miedo que lo acosaba: dolería? Cuanto duraría el proceso? Y si no le salía bien? y si se quedaba así desnudo toda su vida? A veces se dormía llorando rodeado de estos y otros miedos.No tuvo mucho que sufrir, por suerte, ya que la primavera llego, y el pequeño árbol vio aparecer hermosos capullos en sus débiles ramas. Observo con profunda alegría como estos iban floreciendo, hasta convertirse en bellas flores. Cada día los revisaba, preocupándose por cada uno de los capullos cual si fueran hijos. Lloro un día entero por uno que no floreció. Y pronto, el joven y los demás árboles estaban repletos de hermosas y fragantes flores. Una luz violeta impregnaba el aire, haciéndolo mas puro y bello. El orgullo y la alegría invadieron el corazón del pequeño árbol, y se sintió parte de algo hermoso, parte del planeta, un elemento fundamental y cuyo significado y destino eran claros: embellecer al mundo.
Pero he aquí que pronto se dio cuenta de una terrible verdad: nadie, ningún hombre, se detenía a observarlos. Nadie comentaba sobre su belleza, no veía ninguna sonrisa de satisfacción ante el magno espectáculo que ofrecían. Todos pasaban ocupados y malhumorados, todos insultaban y maldecían, o hacían comentarios burdos y maleducados. Nadie se detenía a aspirar el suave aroma, o a observar la belleza de sus hojas. Todo seguía igual. Nada había logrado cambiar el joven Jacaranda con su belleza. El mundo, sintió, seguía siendo un lugar horrible, no importaba cuanto se esforzara.
Una noche, llorando, se dirigió a otro árbol mayor:

- Para que estamos aquí? Cual es nuestro objetivo? Nada cambiamos con nuestra presencia, somos insignificantes e inútiles!!

El viejo Jacaranda suspiro, y dejo caer varias hojas un poco marchitas que le molestaban. Luego miro al joven y respondió:

- No lo se realmente. Creo que nadie lo sabe. Ni los inútiles hombres que ves pasar todos los días con sus trajes y sus autos caros lo saben. Solo creen que si, pero están mas equivocados que el resto. Esta en el corazón de cada uno encontrar su razón y su destino. Es más difícil para nosotros, condenados a no poder movernos. Algunos sufren más que otros, no se conforman tan fácil. Creo que tú eres uno de ellos chico.

El pequeño y triste árbol miro desconsolado al cielo, y observo la luna brillante. Sin apartar la vista de la plateada esfera dijo:

- Para que vivir si no se tiene un sentido? Odiaría ser como la eterna luna, y tener que brillar siempre sin saber porque!

- Pero la luna es muy importante!! – exclamo el viejo Jacaranda – todos, de alguna manera lo somos. Solo tienes que encontrar tu camino, aquello que te haga feliz. Te contare esto: hace algunos años ya, una tarde paso una madre con su pequeña hija. La niña, al verme, se separo de los brazos de su mama y corrió hasta mí, y se puso a jugar con alguna de las flores que se habían caído. Deberías haber visto su cara, alegre y contenta, como si hubiese descubierto lo más bello del mundo. Hoy tal vez esa niña no me recuerde, pero puede ser que en algo la haya cambiado, o ayudado. Quien sabe, tal vez de grande plante un Jacaranda en su casa, y así ves como algo habrá cambiado.

El joven escucho las palabras con atención y luego quedo en silencio por largo rato. Miro de nuevo la luna, fría en su solitaria vigilancia, y se sintió igual de solitario.Los demás árboles se durmieron. A la mañana siguiente descubrieron que el joven Jacaranda ya no estaba. El árbol mayor con quien había hablado la noche anterior no dijo nada, pero le deseo suerte.

La Enfermedad

Sus parpados se abrieron lentamente, y sus ya cansados ojos solo captaron una completa mezcla de formas y colores difuminados, todo filtrado como por un espejo borroso. Bostezo en silencio, sintiendo la boca pastosa y la garganta seca. Se acomodo despacio, y preparo fuerzas para levantarse. Lo peor era el dolor punzante en la espalda. No existía forma de evitarlo. Había probado ya mil y una maneras distintas de hacerlo, pero pararse y salir de la cama resultaba toda una odisea para Ernesto. Primero un pie, luego despacio el otro, y luego apretar los dientes y soportar el dolor. Pero a esa edad ya uno se acostumbra a soportar dolores, de todo tipo e intensidad. Una oleada de tristeza lo baño de golpe, como un baldazo de agua fría, pero no pudo descifrar de que parte provenía, y rápidamente, como por arte de magia, desapareció, y Ernesto se olvido del asunto. “No tiene sentido preocuparse por bobadas a esta edad”, se decía a si mismo todo el tiempo. Y reía pensando como su siempre persistente optimismo hacia enfadar a Matilde, y como esta le reprochaba haberse casado con un hombre demasiado despreocupado.
Tomo de su mesita de luz sus lentes, y las formas a su alrededor cobraron sentido de golpe. Allí estaba el viejo ropero, la cómoda, y el nuevo televisor que su hijo había insistido en regalarles. Aparto inútil para el, eterno amante de la radio. Se calzo las pantuflas y camino despacio hacia el baño. La habitación estaba a oscuras, pero no quería correr las persianas para no despertar a su esposa. Matilde se había quedado hasta tarde cociendo un vestido que le había encargado con urgencia la panadera de la otra cuadra. Y buena como era, no había parado ni para tomar un te el, como hacían todos los atardeceres desde hace mas de 38 años. La dejaría dormir un rato mas, y mientras el se encargaría de preparar unos mates y unas tostadas con manteca, como tanto le gustaban a ella. Era increíble que después de tanto tiempo juntos, el todavía sintiera esas ganas tontas de mimarla. Sonrió nuevamente pensando en como la sorprendería, y se metió en el baño. Cerró la puerta sin hacer ruido y prendió la luz. El espejo le devolvió la mirada de un viejo canoso y arrugado, demasiado cansado y afectado por el tiempo. Su sonrisa desapareció al verse. No entendía como había cambiado tanto. Se recordaba a si mismo como un hombre apuesto y bien cuidado, y no entendía como se había convertido, de golpe, en un anciano de aspecto enfermo y débil. Con cierta frustración y enojo se lavo la cara y los dientes, se peino, y recorto un poco el bigote. Se miro nuevamente al espejo, esta vez un poco más esperanzado. Se sonrió a si mismo. “El tiempo pasa para todos, no tiene sentido amargarse por ello” - se dijo, y recordó la primera vez que había visto a Matilde. La prima de un amigo, tan hermosa y radiante, tan especial a la joven vista inexperta, que supo de inmediato que su destino y el de ella eran uno solo. Y después vinieron los bailes, las primeras citas, los besos y las caricias, el casamiento, el hijo, y todo siempre tan maravillosos y fresco. No tenia por que lamentarse, había tenido una hermosa vida. Y todavía la tenía.
En la cocina la débil luz de la mañana se filtraba por unas cortinas gastadas, y le daban un aspecto frió al lugar. Puso a calentar el agua, mientras sus arrugadas manos buscaban con frágiles temblores la manteca y el pan de la heladera. Tardo un poco en encontrar un cuchillo. Al parecer Matilde había decidido cambiarlos de lugar sin avisarle. Últimamente sentía que todo estaba cambiado en su casa. Las cosas desaparecían, para luego aparecer en el lugar menos pensado. No le agradaba sentirse desorientado, era como perder el control de su propia vida. Y dios sabe bien que todo hombre que se precie de serlo, gusta solo de vivir con las riendas en sus manos. Termino de calentar el agua y preparo el mate, bien dulce como ellos lo tomaban. Luego las tostadas, bien crocantes y cortadas en rodajas, como era costumbre. Puso todo en una bandejita, y juntando valor y fuerzas, la llevo hacia el dormitorio, para despertar a su esposa.
Pero su desilusión se hizo materia dura en su corazón cuando vio que su esposa no estaba en la cama. “Maldición” – pensó amargado Ernesto. Al parecer había tardado de más, o sus ruidos torpes habían logrado despertar a Matilde, quien seguro estaba metida ya en el baño para ducharse como todas las mañanas. Hubiese querido sorprenderla, despertarla con suaves caricias. Pero las cosas nunca salen como uno las planea. Ernesto levanto los hombros resignado, y sin dejarse afectar de más, apoyo la bandeja sobre la cómoda. “Arruinaste mi sorpresa corazón, quería sorprenderte en la cama!” – hablo Ernesto, dirigiéndose a la puerta cerrada del baño. Pero no hubo respuesta. Se acerco a la puerta y escucho el silencio de muerte que emanaba desde el otro lado. Un poco asustado golpeo la puerta: “¿Te estas por bañar?, ¿estas bien corazón?” – su voz sonaba quebrada, como filtrada por vidrio o arena. Nuevamente recibió como respuesta el soplo frió del silencio en los oídos y el alma. Ya realmente asustado entro en el baño para encontrarlo vació, tal cual el lo había dejado minutos atrás. El pánico se apodera rápidamente de los cuerpos débiles y cansados, y especialmente de las personas mayores. Las mentes agotadas de tanto vivir, son presa fácil del terror, incapaces de oponer resistencia con el arma de la razón. Y así Ernesto cayó en la más honda desesperación. Comenzó a revisar la casa, agitado y gritando como loco el nombre de su esposa: “Matilde”. De arriba a abajo, y de abajo a arriba, cada rincón y recoveco, todos repitiendo el eco de su nombre.
Pero nada. No había rastro de ella. Parecía como si hubiese desaparecido por completo.


Suena el teléfono histéricamente, resonando en cada rincón de la casa. Esteban atiende, medio dormido. Es muy temprano para el, y su cuerpo lo castiga de cansancio. Pero al escuchar la voz quebrada en llanto de su padre, todo el peso desaparece de sus parpados, y su cabeza comienza a agitarse con sirenas de emergencia. Sabe demasiado bien lo que ese llanto significa. Escucha sin escuchar los gritos desesperados de su padre: “Mama desapareció, no esta por ningún lado”. Ya es la tercera vez este mes, y eso significa que esta empeorando cada vez más. El doctor Venezzi tiene razón, hay que internarlo. “Que puta enfermedad” – piensa Esteban, mientras junta fuerzas de donde ya no quedan para tratar de calmar a su padre. Y es que no hay forma de decirle a una persona que su esposa, a la que tanto ama y adora, y a quien cree viva, ha muerto ya hace 5 años. No hay forma en que pueda decir que mama no desapareció, sino que es la mente enferma la que la hizo regresar de la muerte. Que no se altere, que el ya va para allá. Y que puta enfermedad.

El Viaje

Según cuentan algunos grandes exploradores y viajeros del viejo mundo, existe perdido en alguna parte del infinito desierto egipcio, el oasis más hermoso y fantástico de la tierra. Cuentan que este lugar es tan perfecto en su belleza, tan hermoso en su armoniosa paz, que puede fácilmente considerarse como el lugar más feliz del planeta. Por supuesto que son todas teorías y conjeturas, rumores que se esparcen entre las personas como el aire entre las hojas del bosque. Ya que nadie jamás ha visto este lugar, y aquellos que han tenido la fortuna de encontrarlo, por supuesto jamás han regresado.
Una tarde calurosa, vagaba medio perdido y triste, un viejo lobo solitario. Es extraño encontrar a uno de estos introvertidos animales en un desierto, pero este en particular había estado buscando algo hacia mucho tiempo, y había recorrido los lugares más extraños e inhóspitos del mundo. Caminaba cansadamente, con la lengua colgando de su amplia boca, los colmillos blancos relucientes bajo el inclemente sol. Pero quiso el destino, o la caprichosa diosa suerte, que el viejo lobo encontrase de pronto ante si, el fantástico oasis. Allí, ante sus cansados y grises ojos, vio el lugar más hermoso del planeta. Flores de indescriptibles colores, colmaban el aire del aroma más delicioso que jamás hubiera olido. Fuentes de agua cristalina emergían de la fértil tierra, su agua de un sabor tan intenso y tan refrescante, que un solo trago podía sacarle la sed a cualquiera por días. Inmensos árboles decoraban una suave pradera, y de sus ramas colgaban frutos de distintas formas y colores, todos ellos exquisitos, majares que un rey envidiaría.
El lobo bebió un poco de agua para calmar su sed, y recorrió maravillado el oasis. Vio a algunos hombres durmiendo placidamente bajo la copa de los árboles, o bañándose entre risas en aguas frescas y puras. Sus rostros reflejaban la más autentica felicidad. Así camino el viejo lobo, sus ojos contemplando incrédulos la belleza que lo rodeaba. Los hombres con los que se cruzaba lo saludaban afectuosamente, y le daban la bienvenida al paraíso entre risas y cantos. Finalmente, y cansado de tanto caminar, se dejo caer sobre la sombra de un árbol, y entre la fresca y suave hierba, se echo a dormir.
Al despertar ya la noche había caído en el desierto, y las estrellas brillaban intensas y claras en el firmamento. Para inmensa sorpresa del viejo lobo, no sentía frió. No hay peor cosa que el frió del desierto, y eso el muy bien lo sabia, pero al parecer, en aquel oasis no existía ni el frió ni el calor, sino una continua y agradable temperatura. El lobo se levanto, se desperezo placenteramente y relamiéndose el hocico, comió una de las frutas que habían caído del árbol cercano. Supo que ese sabor lo recordaría por siempre, como el manjar mas exquisito que jamás hubiese probado. Saciado su apetito, el lobo comenzó a volver por al camino que había recorrido durante el día. Al pasar, y cerca de la salida del oasis, vio a varios hombres sentados frente a una fogata, cantando y bebiendo de un extraño licor. El lobo pasó frente a ellos sin mirarlos, mientras ellos cantaban entre hipos y carcajadas. Uno de los hombres, al percatarse de su presencia, lo llamo.

- Ey!!, lobo amigo, porque no te nos unes, ven a disfrutar y a beber con nosotros!! - grito con vos ebria el hombre.

- Si, después de todo este es el lugar mas hermosos y feliz del mundo entero, nada que hacer mas que disfrutar y gozar – agrego otro del grupo, que bailaba una danza extraña ante el fuego.

El lobo los miro con cierta tristeza en los ojos, y les respondió.

- No gracias, ya me voy.

El viejo lobo dio media vuelta y comenzó a andar, mientras los hombres, estupefactos, habían dejado ya de cantar y bailar. Lo miraban incrédulos, en silencio, y lo único que se oía era el chisporroteo de las brazas en el fuego. Finalmente uno de los hombres se paro violentamente y se interpuso en el camino del lobo. Este levanto la mirada interrogativamente.

- Es que estas loco? Incluso un viejo lobo como tu debe reconocer un paraíso cuando lo ve. Es que planeas irte de aquí? Es este, te lo aseguro, el lugar mas hermoso y perfecto del planeta!! – le dijo el hombre, en un tono excitado.

- Lo se – respondió el lobo, que lo miraba tranquilamente – pero aquí no hay nada para mi.Los hombres se miraron entre si, confundidos, y algo perturbados.

- Que quieres decir? Que no hay nada? Mira a tu alrededor!, las cosas mas bellas y sabrosas del planeta, el oasis mas puro y perfecto jamás creado por dios cualquiera. Cualquier hombre o animal mataría por estar aquí. Y tu quieres irte? – la voz del hombre sonaba algo inquieta y asustada, no comprendía al lobo, y eso le daba miedo.

- Entiendo lo que dices, y comparto tu opinión. Es este, sin dudas, el lugar más hermoso del mundo. Pero aquí no hay nada para mí. Aquí no se encuentra mi destino, se que este no es el final del camino de mi vida. Espíritu y destino son uno solo, y mi espíritu busca otra cosa. Todavía no se que, y es por eso que vago hace tiempo por este amplio mundo, buscando mi camino. El camino que me lleve a mi mismo, a mi propia esencia. Solo así puede uno ser feliz – el lobo hizo una pausa, y observo a los hombres, que ya no reían, y vio que sus rostros reflejaban seriedad – Se que no es el camino mas fácil. Se que da miedo. Pero es el único camino que realmente vale.

Y sin decir mas, se alejo el viejo lobo, perdiéndose entre la oscuridad de la fría noche.

Veneno

En algún lugar ya perdido y olvidado por los hombres existe un laberinto. Quienes han oído de el, o claman haberlo visto, dicen que es infinito, y que nadie que allí haya entrado, ha salido jamás.
Y ahí, en ese mismo enjambre de caminos y cruces, se encontró solo y perdido un Principito. El amor lo había llevado hasta allí. Sabía que en el centro de aquel infernal lugar, en el corazón mismo de esa maraña de venas, se encontraba una rosa, la criatura más hermosa y pura del planeta. Y con su eterna inocencia y soledad, el Principito se había decidido a llegar a ella.
Pero lejos de renegar de su suerte, el Principito estaba orgulloso y feliz de su condición. El amor que sentía por esa rosa era tan poderoso y calido, que ningún sufrimiento le importaba si podía estar a su lado. Sabia que nada que valiera la pena era fácil de conseguir, y que el camino a la felicidad debía ser el mas difícil y doloroso.
Y así fue que el Principito vago solo por los oscuros pasillos y corredores del laberinto, siempre buscando con desesperación llegar hasta su rosa. Hasta que un día se dio cuenta de una horrible verdad: el no estaba solo en ese lugar. Porque allí también, buscándolo a él, se encontraba una serpiente. Fina y flaca como un dedo, pero poderosa y mortal como el dedo de un Rey, este horrendo ser se desplazaba en silencio, buscando una victima en quien descargar todo su odio y veneno. Y el Principito, frágil e indefenso, no tenia forma de escapar de ella. Sin darse cuenta, sin esperarlo, la serpiente lanzaba un certero mordisco ponzoñoso hacia su blanca piel, y el Principito caía fulminado por el dolor. No moría, aunque a veces hubiese preferido hacerlo. Porque el sufrimiento era tan grande, la desesperación tan insoportable, que solo deseaba terminar con ese dolor. Las lágrimas le quemaban la cara, el espacio se desfiguraba, y ya no sabia que estaba haciendo allí. Pensaba entonces, lleno de veneno, que su odisea era inútil, que jamás llegaría a su rosa, y que era demasiado débil e imperfecto para ser feliz. Todas sus fuerzas y su optimismo se esfumaban, y solo quedaba la tristeza de saberse perdido.
¿Por qué lo atacaba la serpiente? El no le había echo nada. No entendía el Principito porque era victima de ese dolor, y en su ignorancia se sentía entonces mas desdichado. Pero esto no detuvo al Principito, quien, al pasar el efecto del veneno, sentía su amor rejuvenecer, cada vez más fuerte y dulce. Entonces todo volvía a cobrar sentido, recordaba la hermosura de su rosa, lo envolvía nuevamente el deseo de amar, y partía otra vez en su búsqueda.De esta manera pasaban los días, el Principito siempre avanzando, y la serpiente siempre buscándolo. Había veces en que pasaba días sin cruzarse con la serpiente, y lleno de alegría tenia la esperanza de que esta hubiese desaparecido para siempre. Pero entonces, sin esperarlo, volvía a sentir ese dolor agudo en su corazón, volvía a sentir ese enorme peso en su alma, todo se oscurecía, y sabía que no podía escapar.
Supo entonces el Principito lo que debía hacer. Comprendió que de esta forma no podría seguir, y que así jamás llegaría a su rosa. Comprendió que debía matar a la serpiente. Entonces el Principito dejo de caminar, y se quedo sentado en un rincón, esperando. Con sus pequeñas manos, había arrancado una piedra del piso, y en el momento en que viese a esa horrible criatura, terminaría con ella para siempre. Pasaron así tres días, y la serpiente no aparecía. El Principito tenía miedo de dormirse, temeroso de terminar siendo victima de el cruel veneno de su enemiga. Y cuando sus fuerzas ya comenzaban a abandonarlo, y empezaba a perderse en el sueño, vio aparecer a lo lejos una fina figura. La serpiente se acerco lentamente hacia el, sin miedo, orgullosa. El Principito se paro con dificultad, preparando su roca para matar a la bestia. Le sorprendió que la serpiente no reaccionara ante esto, y que siguiese avanzando hacia el. Cuando estuvieron muy cerca el uno del otro, el Principito le dijo:

- No me volverás a morder nunca mas, no voy a dejar que me detengas. Tengo que llegar a mi rosa, la amo.

- ¿y que piensas hacer? – le respondió la serpiente con crueldad.

El Principito levanto temeroso la piedra, queriendo asustar a la serpiente. Esta no se inmuto.

- ¿y que piensas hacer? – repitió la serpiente.

- Voy a…..

- ¿Es que todavía no lo entiendes? – lo interrumpió la serpiente – Tu no puedes matarme. Porque yo no existo sino en tu interior.

El rostro del Principito se transformo. La miro desconcertado y temeroso, con lágrimas en los ojos.

- Tu no eres yo!! – grito confiado el Principito – yo no soy tu!

Y furioso arrojo la piedra a la cabeza de la serpiente. Pero para su dolor, la piedra atravesó la ilusión y solo golpeo el piso. El Principito lloro. Lloro porque supo que la serpiente tenía razón. Lloro con profundo dolor, el mismo dolor que le causaba el veneno de la serpiente, pero que ahora nacía de el. Siempre lo había echo.

- No soy sino parte de ti. La parte de ti que tiene miedo de llegar allí adonde vas, o que no sabe el camino, o que no quiere caminar. No puedes matarme, yo siempre estaré. Ya no tienes donde ir – se regocijo la serpiente.

El Principito lloro en silencio por unos minutos. Luego miro a la serpiente, que lo miraba triunfante. Entonces sin decir nada se levanto, se seco las lagrimas, y comenzó a avanzar. La serpiente, desconcertada, lo miro con odio.

- Detente, te he dicho que no puedes escapar de mi!La serpiente entonces lanzo un mortal mordisco hacia la piel de Principito, pero para su sorpresa, lo atravesó sin tocarlo. El Principito la miro.

- Yo también soy parte de ti. Soy la parte que quiere amar, que quiere cuidar y proteger a la rosa, que quiere ser amado y ser feliz – le dijo el Principito.

Entonces se dio vuelta, y siguió avanzando hacia su rosa.

Deseos

Despertó. Tardo unos segundos en reconocer el lugar, en recordar donde se encontraba. No estaba acostumbrado a despertar en otra cama, y mucho menos a hacerlo acompañado. La miro. Dormía abrazada a él, el dulce rostro de ella apoyado sobre su pecho. Se quedo observándola, en silencio. Solo podía escuchar su débil respiración, sentir la calidez de cada suspiro sobre su piel. Sintió que podría pasarse el resto de su vida así, mirándola dormir. La felicidad se encuentra en cosas tan elementales, tan simples y pequeñas, pensó. Era tan hermosa, tan pura. Despertaba en el un deseo casi animal de amarla y protegerla, de cuidarla y darle todo, incondicionalmente. Se sentía domesticado, y esa sensación le gustaba. Lo hacia sentirse especial, vivo. Sintió ganas de llorar de alegría. Miles de veces había evocado fantasías similares al momento que estaba viviendo, y por un segundo, fugaz, fue consiente de su propia felicidad. Es muy difícil ver lo que uno tiene un su propia mano, el hombre es un animal extraño. El árbol no le deja ver el bosque, y se amarga sin razón. En ese momento, el podía ver claramente lo que tenia, miraba el árbol frente a el y entendía que ya estaba en el bosque.
Una débil luz se filtraba por la única ventana del cuarto, e iluminaba una pequeña fracción del rostro de ella. La calidez de la luz solar la hizo estremecerse y emitió un pequeño quejido, producto del dolor de dejar de soñar. Lentamente ella abrió los ojos, débiles de tanto descansar, y tras algunos parpadeos, sus pupilas encontraron las de el. Sonrieron, mirándose en silencio. Se quedaron así, en perfecta armonía, y el tiempo desapareció. Ya nada mas importaba, ya nada mas había. Luego ella bostezo, beso su pecho, y volvió a recostarse sobre el. Nada podía ser más perfecto. El acaricio su rostro, con una dulzura que le partía el alma. Decidió cerrar los ojos y dejarse llevar un poco más por el sueño, permitirse un pequeño paseo más por el otro lado. No quería pensar en lo que pasaría muy pronto, en la separación. Odiaba despegarse de ella, separar su cuerpo del suyo, volver a ser solo el. No había palabra más cruel y dolorosa, pregunta más despiadada que el “¿vamos?” que muy pronto escucharía de sus labios. No quería anticipar el momento en que la dejaría en la calle, tras un dulce beso, y la vería perderse una vez mas entre la multitud, desaparecer en un océano de gente. Y entonces era otra vez la soledad, el sentirse una mera partícula en medio de una tormenta.
Pero no tenia sentido pensar en eso, dejar que otra vez el árbol le impidiese ver que lo buscaba, lo que siempre había deseado, estaba allí, a su lado. Se estiro y beso su piel. Luego cerró los ojos y se dejo llevar. Dicen que los sueños son expresiones de deseo. Supo que no soñaría, ya tenia todo lo deseaba.

Datos personales

Mi foto
Un alma mas, perdida en un laberinto de cables y gente. Alguien sabe donde esta la salida?