Sus parpados se abrieron lentamente, y sus ya cansados ojos solo captaron una completa mezcla de formas y colores difuminados, todo filtrado como por un espejo borroso. Bostezo en silencio, sintiendo la boca pastosa y la garganta seca. Se acomodo despacio, y preparo fuerzas para levantarse. Lo peor era el dolor punzante en la espalda. No existía forma de evitarlo. Había probado ya mil y una maneras distintas de hacerlo, pero pararse y salir de la cama resultaba toda una odisea para Ernesto. Primero un pie, luego despacio el otro, y luego apretar los dientes y soportar el dolor. Pero a esa edad ya uno se acostumbra a soportar dolores, de todo tipo e intensidad. Una oleada de tristeza lo baño de golpe, como un baldazo de agua fría, pero no pudo descifrar de que parte provenía, y rápidamente, como por arte de magia, desapareció, y Ernesto se olvido del asunto. “No tiene sentido preocuparse por bobadas a esta edad”, se decía a si mismo todo el tiempo. Y reía pensando como su siempre persistente optimismo hacia enfadar a Matilde, y como esta le reprochaba haberse casado con un hombre demasiado despreocupado.
Tomo de su mesita de luz sus lentes, y las formas a su alrededor cobraron sentido de golpe. Allí estaba el viejo ropero, la cómoda, y el nuevo televisor que su hijo había insistido en regalarles. Aparto inútil para el, eterno amante de la radio. Se calzo las pantuflas y camino despacio hacia el baño. La habitación estaba a oscuras, pero no quería correr las persianas para no despertar a su esposa. Matilde se había quedado hasta tarde cociendo un vestido que le había encargado con urgencia la panadera de la otra cuadra. Y buena como era, no había parado ni para tomar un te el, como hacían todos los atardeceres desde hace mas de 38 años. La dejaría dormir un rato mas, y mientras el se encargaría de preparar unos mates y unas tostadas con manteca, como tanto le gustaban a ella. Era increíble que después de tanto tiempo juntos, el todavía sintiera esas ganas tontas de mimarla. Sonrió nuevamente pensando en como la sorprendería, y se metió en el baño. Cerró la puerta sin hacer ruido y prendió la luz. El espejo le devolvió la mirada de un viejo canoso y arrugado, demasiado cansado y afectado por el tiempo. Su sonrisa desapareció al verse. No entendía como había cambiado tanto. Se recordaba a si mismo como un hombre apuesto y bien cuidado, y no entendía como se había convertido, de golpe, en un anciano de aspecto enfermo y débil. Con cierta frustración y enojo se lavo la cara y los dientes, se peino, y recorto un poco el bigote. Se miro nuevamente al espejo, esta vez un poco más esperanzado. Se sonrió a si mismo. “El tiempo pasa para todos, no tiene sentido amargarse por ello” - se dijo, y recordó la primera vez que había visto a Matilde. La prima de un amigo, tan hermosa y radiante, tan especial a la joven vista inexperta, que supo de inmediato que su destino y el de ella eran uno solo. Y después vinieron los bailes, las primeras citas, los besos y las caricias, el casamiento, el hijo, y todo siempre tan maravillosos y fresco. No tenia por que lamentarse, había tenido una hermosa vida. Y todavía la tenía.
En la cocina la débil luz de la mañana se filtraba por unas cortinas gastadas, y le daban un aspecto frió al lugar. Puso a calentar el agua, mientras sus arrugadas manos buscaban con frágiles temblores la manteca y el pan de la heladera. Tardo un poco en encontrar un cuchillo. Al parecer Matilde había decidido cambiarlos de lugar sin avisarle. Últimamente sentía que todo estaba cambiado en su casa. Las cosas desaparecían, para luego aparecer en el lugar menos pensado. No le agradaba sentirse desorientado, era como perder el control de su propia vida. Y dios sabe bien que todo hombre que se precie de serlo, gusta solo de vivir con las riendas en sus manos. Termino de calentar el agua y preparo el mate, bien dulce como ellos lo tomaban. Luego las tostadas, bien crocantes y cortadas en rodajas, como era costumbre. Puso todo en una bandejita, y juntando valor y fuerzas, la llevo hacia el dormitorio, para despertar a su esposa.
Pero su desilusión se hizo materia dura en su corazón cuando vio que su esposa no estaba en la cama. “Maldición” – pensó amargado Ernesto. Al parecer había tardado de más, o sus ruidos torpes habían logrado despertar a Matilde, quien seguro estaba metida ya en el baño para ducharse como todas las mañanas. Hubiese querido sorprenderla, despertarla con suaves caricias. Pero las cosas nunca salen como uno las planea. Ernesto levanto los hombros resignado, y sin dejarse afectar de más, apoyo la bandeja sobre la cómoda. “Arruinaste mi sorpresa corazón, quería sorprenderte en la cama!” – hablo Ernesto, dirigiéndose a la puerta cerrada del baño. Pero no hubo respuesta. Se acerco a la puerta y escucho el silencio de muerte que emanaba desde el otro lado. Un poco asustado golpeo la puerta: “¿Te estas por bañar?, ¿estas bien corazón?” – su voz sonaba quebrada, como filtrada por vidrio o arena. Nuevamente recibió como respuesta el soplo frió del silencio en los oídos y el alma. Ya realmente asustado entro en el baño para encontrarlo vació, tal cual el lo había dejado minutos atrás. El pánico se apodera rápidamente de los cuerpos débiles y cansados, y especialmente de las personas mayores. Las mentes agotadas de tanto vivir, son presa fácil del terror, incapaces de oponer resistencia con el arma de la razón. Y así Ernesto cayó en la más honda desesperación. Comenzó a revisar la casa, agitado y gritando como loco el nombre de su esposa: “Matilde”. De arriba a abajo, y de abajo a arriba, cada rincón y recoveco, todos repitiendo el eco de su nombre.
Pero nada. No había rastro de ella. Parecía como si hubiese desaparecido por completo.
Suena el teléfono histéricamente, resonando en cada rincón de la casa. Esteban atiende, medio dormido. Es muy temprano para el, y su cuerpo lo castiga de cansancio. Pero al escuchar la voz quebrada en llanto de su padre, todo el peso desaparece de sus parpados, y su cabeza comienza a agitarse con sirenas de emergencia. Sabe demasiado bien lo que ese llanto significa. Escucha sin escuchar los gritos desesperados de su padre: “Mama desapareció, no esta por ningún lado”. Ya es la tercera vez este mes, y eso significa que esta empeorando cada vez más. El doctor Venezzi tiene razón, hay que internarlo. “Que puta enfermedad” – piensa Esteban, mientras junta fuerzas de donde ya no quedan para tratar de calmar a su padre. Y es que no hay forma de decirle a una persona que su esposa, a la que tanto ama y adora, y a quien cree viva, ha muerto ya hace 5 años. No hay forma en que pueda decir que mama no desapareció, sino que es la mente enferma la que la hizo regresar de la muerte. Que no se altere, que el ya va para allá. Y que puta enfermedad.
La Profana Apertura
Fue extraño lo que sintió cuando la vio por primera vez. Alta y majestuosa, pálido el suave brillo que emanaba de ella. Parecía como si el tiempo hubiese marcado cada triste segundo de la existencia humana en su superficie, pero sin realmente llegar a ella. Sin dañarla. Nada ni nadie tenía semejante poder. “La entrada de los sueños verdaderos”, como la llamaban las tribus indias del sur: “La puerta de marfil”. Solo la había visto antes en confusos sueños embriagados de fiebre. Pero ahora era distinto. Las manos que la tocaban eran suyas, temblorosas y débiles, pero suyas. Acariciaban ya sin temor la fría superficie. No había picaporte. No lo necesitaba. Sabía ya las mágicas palabras para entrar. No sabia que pasaría una vez que la puerta se abriera. Tal vez seria el fin de todo. Pero, ¿como disuadir a un loco?
Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.
Nadie sabe ni sabrá jamás que fue de la suerte de aquel pobre infeliz, que sediento de respuestas a algo o a todo, se aventuro a través de la puerta. Tampoco como afectara la vida de los hombres que, aun atrapados de este lado, recuerdan en sueños el reino olvidado. Tal vez las historias que aquí se cuenten provengan entonces de allí, y encuentren justificación a su locura no en este terreno, sino en el de los sueños.
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